
Estos poemas me fueron surgiendo, sin artificio, poco a poco, durante mis estancias en los bosques húmedos de la selva peruana. Se deben al influjo y contemplación de estas rústicas geografías, y a la amistad de quienes las habitan. Aún resuenan en mí los silencios musicales de San Miguel del Río Mayo y de la quebrada frente a la casa de Don Cristóbal Salas; también, las cascadas de Shanao y el canto de una agreste ave en las alturas de Sisa. Algunos versos los escribí en mi retiro en la quebrada termal de Mayantuyacu, afluente del Pachitea, en el oriente de Huánuco, entre sabios árboles y la hospitalidad del maestro Juan Flores. Y otros tantos en el territorio comunal de Santa Clara de Yarinacocha, comunidad indígena de la que soy comunero empadronado; mis pulmones se han dilatado con las madrugadas de su lago, el trino de sus aves pescadoras, la ciencia aromática de sus plantas de bajial y las risas sencillas de mis familiares, nokon kaybo. Algunos pocos llegaron a mí en bosques de Canadá y del noreste de los Estados Unidos, sobretodo en la región montañosa de Les Laurentides, en Quebec. Estas diversas latitudes y temperaturas impregnaron mi espíritu, calmaron mi mente y renovaron mi retina. Desde niño he amado el alejarme del vértigo urbano. Y también la quietud que da origen al verbo sabio. He saciado la sed que desde mi primera juventud me inflamaba. En aislamiento purgativo, con austeros alimentos, me liberé del entendimiento estrecho; ahora sé conversar con vegetales y garzas, con aguas y rocas, con la íntima anatomía de mis células y el fulgor de las estrellas. Antiguos iluminados visitan mis sueños afortunados. Las medicinas indígenas del Norte y las de mi vasta y múltiple patria, han abierto mis sentidos internos; y el viejo libro del Tao y algunos poetas Chan y Zen han acompañado mis peregrinaciones, diciéndome: el dedo que apunta a la luna no es la luna. La luz se despierta en los respiros y encauza el andar. Conocerse a uno mismo es conocer a Dios vivo en cada pálpito. Es conocer quienes fuimos antes del nacimiento y quienes seremos tras la muerte. Comprendo ahora que cada ser vivo tiene inteligencia, sensibilidad y habla a quienes, por don del Gran Espíritu, recobran el asombro casto y la conciencia original. Todo comparte una misma procedencia; y a ese común origen elevo mis plegarias. Todo viene de Dios; y hacia ese manantial aéreo vuelven las almas puras.
Pedro Favaron
POEMAS SELECTOS
40.
Ya no busca
mañana o ayer
ni adentro ni afuera.
Ya no busca.
No persigue
la rectitud suprema
ni rechaza el engaño.
No se envanece
su pensamiento
tratando de develar
los misterios
del protón
y las estrellas.
En su simpleza
vive sin esfuerzo
sin ansia o anhelo.
Ha retornado
a la rústica
pureza del silencio.
48.
El océano
gran vientre
del mundo
reposa
por debajo
de las cumbres.
En el océano
que reposa
por debajo
de las cumbres
confluyen
los ríos.
Los ríos
se acomodan
amorosos
en la humildad
del cuenco aldeano
y se disuelven
cuando alcanzan
la inmensidad del mar.
Sin ufanarse
ni luchar
se da el retorno.
Sin intenciones
de ganancia
se amplían los latidos.
Si gozas
lo imposible
de los latidos
conocerás
los confines
de Aquello
tan pequeño
que carece
de interior
y de Aquello
tan grande
que desconoce
el afuera.
Todo es uno
en el tiempo
suspendido
del comienzo
sin comienzo
que no cesa
de comenzar.
59.
En todo cuerpo
una chispa diáfana
habla y canta
en un lenguaje
sin palabras,
que nos mantiene
unidos a la luz.
¿Cuándo nació
ese idioma inadvertido
y siempre abierto
que nada designa
y todo lo preserva
inacabado y sin encierro?
¿Y cuándo el maestro
que predicó a cada célula
su innata pertenencia
a las cumbres deslumbradas?
La ciencia ilimitada
de los ángeles del buen sueño
es el vuelo indescifrable
del alma al liberarse.
63.
Liberado
el cuerpo
de los sueños
se navega
por mundos
invisibles
reencontrando
una playa
de beatitud
impronunciable
en la que se puede
estirar y palpar
los órganos
de la videncia
en posiciones
sagradas
de concentración
profunda
abrazado
por la existencia
como granos
de arena
y reír
la risa indesignada
entre ancestros
luminosos
vuelto a ser
imagen y semejanza
hombre originario.
71.
A Alberto Benavides
En un refugio
en la montaña
paso mis días
y mis noches
escuchando
el canto líquido
de la agreste ave
y el lenguaje
hondo y callado
de las plantas.
Sentado solo
bajo un árbol
junto al arroyo
el deseo vano
se disuelve
con las aguas
que sin prisa
ni detenerse,
van al gran río.
Cuan diferente
sería el mundo
si mis hermanos
escucharan
el dulce rumor
de la quebrada
manantial
de amor
en la raíz
del corazón.
Pedro Favaron. Manantial transparente. 2a ed. México: Cactus del viento, 2019.

