
ADRIÁN MUÑOZ
Poesía
Existencia:
Agotado
Edición digital:
no disponible
Presentación
El título de este libro de Adrián Muñoz, Kintsugi, desgina un arte japonés muy original: el de reparar objetos rotos; por ejemplo, una porcelana muy fina, cuyos pedazos pueden unirse incluso con oro, creando así una estética sorpresiva, y que invita a la reflexión.
Surgido de una profunda crisis, este libro es justamente el ejercicio de ese arte. Su primera sección, Sanboin. La existencia fracturada, recorre preguntas fundamentales que están en los orígenes tanto de la filosofía como de la poesía, sin dejar de lado un acento religioso. Esto ocurre con temas como el de la muerte y la impermanencia, o tal vez con mayor intensidad, como aquí se plantea, el de la permanencia en una vida que se encuentra justamente en medio de esa fractura existencial y que pierde sentido. No obstante, uno de los versos dice: “La vida es más profunda / si aceptamos pétalo y espina”, y esto es justamente lo que puede unir las roturas.
A la pregunta sobre la muerte se suma también el interrogante acerca de la propia identidad y de la identidad del otro, del amor y el abandono, de la desolación, y al mismo tiempo la confianza en la esencia indestructible de la vida. Además del grito desgarrado de la primera parte, el libro juega con otros tonos, como una ironía que se despliega en la sección “La imperfecta sabiduría del refrán”, que recorre diversas bifurcaciones del mismo sendero roto, pero donde también se vislumbra una salida: “Sólo por el amor será salvo el hombre / A pesar de las esferas quebradizas”.
Esa lucidez que permite ver otras caras de la realidad o del destino humano, permite por momentos aligerar el registro terrible del desgarramiento, que toca las fibras mismas de la condición humana, en toda su complejidad, en el núcleo de su paradoja intrínseca. Frente a la aceptación de la coexistencia del pétalo y la espina, se abre después la posibilidad de calcinar “la espina sin dañar el pétalo”. Esta metáfora, muy apta para describir los claroscuros de la existencia, reaparece al final, casi como un leitmotiv.
En la sección que se llama “Ikebana o Florilegio mínimo” –el ikebana es el arte japonés de los arreglos de flores–, hay un contrapeso del dolor sobre el que gravitan gran parte de los demás poemas y se libera un lirismo que antes estaba casi amordazado por la angustia. Estos poemas son como la línea que une las fracturas de una pieza rota, hacen del libro un kintsugi. En esta sección se alterna la forma poética del tanka con otros poemas breves que, entre lirios, geishas y sake, parecerían ser un homenaje a la experiencia japonesa de José Juan Tablada y de Efrén Rebolledo.
Una nota final de ironía, que marca un contrapeso distinto, es el Glosario, que aparece como una coda que aligera la gravedad anterior, dejando que el humorismo de las definiciones lance un guiño a la posibilidad de ver la vida misma, desde una mirada más lúdica, como una obra de arte.
Elsa Cross
Poemas selectos
EL RÍO
el río murmura en su trayecto
memorias de mil vidas
amores que se fueron
río abajo
mojando mansos prados y mortales valles
emulando sitios antes visitados
hasta alcanzar un lejano delta
que se funde en un agua
más grande que este río
un remolino
—derviche acuático sin dios—
gira y gira entre las dos orillas
Haridwar, India, 2016
el río susurra
en cauce y superficie
los secretos aún por revelar
amores que recién deshelaron
monte arriba
y que nutrirán estas riberas del incienso
recibirán la ofrenda y la plegaria
alumbradas con arcanos fuegos redivivos
INOPORTUNO
Boca que me ha visto andar
Eco aparecido a contratiempo
Lengua testigo de mi sombra
Saliva aliada en la montaña
Boca que me ha escuchado sollozar
Callar
Hacerme callar en la prudencia
Soltar alpiste y no el azufre
JUAN TE LLAMAS
De todos modos, Juan,
inexorablemente el verbo es
ese mismo, lo de siempre.
Que a la lluvia lo que más le gusta
es mojar donde hubo temporal,
echar la carne toda al asador
del vendaval o la vendimia.
Carajo, Juan, esa voz que clama
sola, en un desierto, es un desgajo
del adiós—anuncia que no hay Salvador
pero sí la losa de piedra del sepulcro.
El milagro es estar de pie,
a pie juntillas, a la orilla
de un bautismo ígneo que nos quita
el nombre, Juan, y hasta la risa.
Y luego, claro, los lienzos tan prensados
que nomás vacío albergan en su seno.
¿Te llamas Juan?
De todos modos la embestida repetida
de una rima tibia, o la arritmia
dislocada que te has cansado de escuchar.
De todos modos
te llama el eco y eso
que de adentro, Juan, es hielo y hueco
o algo como llama en un desierto.
De todas formas en el muro
tu reflejo y tu destino.
Te lo digo, Pedro…
SÓLO POR EL AMOR
Sólo por el amor será salvo el hombre
A pesar de las esferas quebradizas
A pesar de la angustia incontenible
y la confabulación del torbellino
A pesar del todo y de la nada
No importa que el enfado del abismo persevere
que alargue el pasado sus uñas
hasta ensombrecer el gozo
que el cangrejo aceche tras las grietas de una duda
Habrá de perecer con su aguijón
No importan los demonios de la flaqueza
esos que llamamos Miedos
Aunque el mundo entero se convierta en un infierno
y el sofoco esconda al sentimiento
Las llamas pasionales habrán de incinerar
al hielo y el vapor maledicientes
o la espina sin dañar el pétalo
Habremos de hallar la salvación
entre inagotables cántaros de sueños concretados
IKEBANA, O
FLORILEGIO MÍNIMO [selección]
*
He presentido
El esplendor del ala de una nube
Entre las grietas de esta urbe
*
Aquí proyectas
tu contorno azabache
desde un capullo.
Sombras, ecos y noche.
El jardinero es tuyo.
*
En la garganta
reposa dulce el sake.
Entre los lirios,
son cálidos y tersos
de tu boca los pétalos.

