Arroyo por Fernando Alarriba y Edén Martínez (Mazatlán, México)

Arroyo jabalines, Mazatlán, México
Poesía: Fernando Alarriba
Fotografía: Edén Martínez


Arroyo



Todos los seres tiemblan ante la violencia.
Todos temen la muerte, todos aman la vida.


Buda

He aquí mi poema
brutal
y multánime
a la nueva ciudad.


Manuel Maples Arce

I

Encontraron un cadáver en el arroyo.

Ahí tiramos al Jaibo.
Lo acribillamos con un rifle de copas
y lo lanzamos desde un puente para que lo arrastrara la corriente.

Desde entonces llevo un animal hundido en las aguas de la infancia.

Hoy arrojaron un cuerpo quemado y acuchillado
para ocultarlo entre el mangle y la basura
e hinchar el hedor solar que reina en el cuerpo del arroyo.

Desde ahora llevaré un cadáver hundido en las aguas del mañana.
Sería mejor enterrarlo.
Desecar su agonía y sepultarla.

Si el mar fue devorado por mares de cemento,
si la ciudad creció sobre cuerpos de agua,
¿Por qué no sepultar esta lágrima?

Esta fosa común
este tiradero,
es un mar de llagas
entre casa enanas y ojos apagados.

Esta fosa común,
este cuerpo podrido
florece lejos del amarillo amargo mar
y sus tardes alucinadas.

Navegaré en sus venas.
Navegaremos en esta zanja negada al oro
y la blancura de esta ciudad ebria
de palacios y torres vacías.

Iremos más allá de este paraje de banderas a media asta
para nombrar la ciudad hundida.
II

Arriba,
en el Ejido de La Higuera,
despierta el arroyo.

Su rumor lame la tierra
e inflama el canto de las aves.

Un verdor inconcebible brota de su paso
de serpiente henchida de lodo
de espina, flor
y voz de monte.

La luz nada en su caída,
en el calor que todo lo preña,
en las osamentas que relinchan
y desploman sus hocicos en tierra.

Sus aguas nutrirán al Huanacaxtle,
conocerán el asfalto,
los pies de niños que juegan salpicados
por voces de motores y urracas.

III

El arroyo es la baba del progreso.

El mar,
la ciudad destino,
está allá, a tiro de piedra.

Autobuses,
motos en desbandada,
horas y horas al galope
de caballos de potencia
que se ahogan en la mancha urbana,
en la ciudad desbordada
por kilómetros cables,
torres eléctricas de adolescentes suicidas,
paisajes saturados de pieles prietas
que inundarán las torres frente al mar.
IV

En el centro, como una vena rota,
Los Jabalines parten Mazatlán
multiplicando su flujo inagotable,
hinchándolo de óxido
de mierda,
torrentes de plástico
sudores de gusanos y llantas destripadas
cociéndose al sol
del Mare Nostrum.

Ciudad hecha y deshecha
por manos brotadas
de los bordes del arroyo,
entre el agua podrida,
espejo que humea
y vomita islas de láminas aferradas al cieno,
a la baba gris de los drenajes,
a la urbe que florece temblando
bajo el cántico solar.

La ciudad es el arroyo,
la baba del progreso
que alumbrará el mar.

V

Bajo el puente del Renacimiento,
en una garganta negra
ahorcada de pus, grafiti y chemo, 
una mujer y un hombre nos observan.

Llevan la agonía en el rostro
y sus cuerpos se ahogan
en esta isla gobernada
por una ardiente miseria.

Cerca de ellos,
hay un cuerpo tapado
por una sábana negra.

Sus pies,
tatuados por una película de carbón y mugre
revelan extravíos

sueños del cristal
arponazos  
robos

semáforos en ámbar.
Arriba,
entre el vértigo del diésel,
otros hombres y mujeres van día y noche,
como el arroyo,
asfixiados por sus propios extravíos 
sin saber nada de aquella tumba
con tres cuerpos pudriéndose  
en el vientre de esta pequeña urbe.
VI

Bajo el temblor del tren
un grupo de tortugas busca el sol
y una parvada de patos sale disparada
con el rugido de las motos de dos Halcones que rondan el sitio.

Sus ojos sumidos de tanta noche
vigilan la frontera:
un horizonte de azul acero surcado por
estudiantes vestidas de cielo,
amas de casa con Menudo en mano
y albañiles con muros en los dedos.

Los Halcones son los ojos de señores
que extienden sus reinos sobre el arroyo.

Reinos poblado por migrantes
que asoman sus cabezas desde un cuartucho
repleto de Habichuelas.

Pasaron la madrugada
jugado los pesos
a la luz de la Máquina Loca
y el humo lacio de la mota.

Ahora, mientras mastican tortillas,
esperan que La Bestia
los lleve lejos,
a la estación final de su naufragio.

Uno de ellos,
escapulario en mano,
reza:

Santa Muerte…
si ojos tienen
que no me vean.
Si manos tienen
que no me toquen.
Si pies tienen
que no me alcancen.

No permitas que me
sorprendan por la espalda.
No permitas que mi sangre
se derrame.

No permitas que mi muerte
sea violenta.



Bajo los puentes
hay ciudades rotas
derramando sus lenguas
en el flujo ignorado de nuestras aguas.

Bajo los puentes,
hay almas se arrojan a la voz del arroyo…

A mí me enseñaron los trampas.

Me enseñaron a identificar la palma hembra,
a hablarle y pedirle protección
a la hora de arrancar sus hojas.


Víctor Gabriel,
guatemalteco, hondureño, mexicano, haitiano
oculto en las faldas del arroyo,
teje garzas y Cristos de palma
que venderá en los semáforos bajo el calor animal de agosto.

Víctor Gabriel teje y reza para que su paso por esta tierra sea breve,
para que las manos de los señores no lo arrastren,
para no terminar flotando entre el mangle y la basura.
VII

Como ellos,
aferrados al lodo,
al temblor del agua podrida,
peces, garzas, renacuajos
y otros misterios
gobiernan el arroyo
en formas indescifrables.

Fauna de barrio,
Acuario de cholos,
naturaleza pululando en las aguas
de este paisaje de deshechos,
vientre de prodigios
como la locomotora que rompe la mañana
o la excavadora que le raja la garganta al lecho
para evitar que las lluvias nos ahoguen.

Para impedir que el arroyo nos arrase
junto al resto de los animales
y no quede en pie ni una casa
ni una placa de aerosol
en el rostro de los muros
que cuentan las historias
de nuestras ciudades perdidas.
VIII

La Termo ruge y sacude sus humos en el aire cargado;
dióxidos y monóxidos flotan pesadamente sobre El Castillo.

Las turbinas convulsionan el estero para encender La Perla.
600 mil kilowatts quemando branquias,
quemando pieles en Santa Fe y La Sirena,
quemando la corriente que llegará jadeante al Infiernillo,
a la boca del manglar,
coloso de agua
espejismo
sueño de la ciudad desfallecida,
tu dulce cuerpo carcomido
invadido
hecho colonia a machetazo y lumbre
recibe el último suspiro del arroyo.
IX

En este albur de pescadores,
entre el orín de los adictos
y el trajín sudoroso de putas y patrullas
cruje el costillar de los humedales.

Malecón de los Pobres,
tu nombre adorna la miseria
de metros cuadrados de tendederos y roca,
trozos de tierra peleados con los dientes,
a navajazo limpio,
ofreciéndole el corazón a Malverde
o un billete a quien sea necesario.

Sembrando jardines de sábila y albahaca,
edificando torres con jabas y palmeras,
poder, violencia, crimen,
también en esta orilla trabajamos…
lo mismo, pero más barato.

Aquí, bajo el colosal amparo de las grúas,
entre anzuelos y lanchas lustrosas
de aceite de motor,
el arroyo dormirá su sueño de sal.
X

A la espera de la tormenta,
a la espera de la resurrección del arroyo violado,
a la espera del relámpago
y la luz salvaje
yo encenderé otras luces.

Una veladora en lo alto del cerro,
otra a los pies de la Virgen del asfalto,
una que sahume el ropaje de la Santa Muerte.

Encenderé la misa en las calles.

Una oración que ilumine el fondo de los puentes,
las camas de cartón,
los crucifijos rotos,
las miradas que buscan las estrellas
entre lágrimas ahogadas de madrugada.

Habrá una luz por cada araña,
por la luz amarilla del capiro,
por el cangrejo naranja y las abejas.

Habrá una luz por el vuelo seguro de las aves migratorias,
por el agua enferma que lavará el mañana,
por las almas arrasadas en el agua furiosa del arroyo.

Arrojaré una luz por la ciudad que encontrará su destino
en los brazos en cruz del glorioso Huanacaxtle.

Alumbraré catedrales por el mar que respira a lo lejos
erizado de veladoras rojas
encendidas por oscuros marineros que lloran su regreso.

Habrá un canto en la piel del mangle,
en el aroma verde de la infancia
que alaba su hermosura,
su cuerpo simple, pero eterno.

Habrá un rezo por la lujuria
de jóvenes hombres y mujeres,
adolescentes por siempre engarzados
a la humedad del arroyo
en el que probaron sus primeros desvaríos.

Arroyo,
indómita Natura fiel al caos,
al animal impredecible que lo mira
y que mira en su dolor el palpitar de su propia miseria.


Encenderé una luz por ti, por mí.



Habrá una luz surcando el arroyo,
acompañando la voz de la corriente,
navegando la historia de sus aguas,
el necio palpitar de ese cuerpo
lenta y brutalmente corrompido
que siempre llegará al mar.


Sobre este territorio

Actualmente, el Arroyo de los Jabalines atraviesa la ciudad de Mazatlán de norte a sur por más de 12 kilómetros sobreviviendo y atestiguando una nueva explosión urbana.
El poema “Arroyo” y las imágenes que lo acompañan son una celebración y una reflexión sobre las especies (incluyendo la nuestra) que crecen y luchan por vivir en ese entorno.
Asimismo, este trabajo es una invitación a ampliar la idea de lo que es Mazatlán, una ciudad compleja y diversa que hace mucho tiempo dejó de crecer a orillas del mar y que, en ese proceso, ha dado lugar a otros espacios, sensibilidades, imaginarios y símbolos de identidad.

Proyecto completo: https://www.instagram.com/el.arroyo25/


Sobre los autores

Fernando Alarriba
Mazatlán, Sinaloa


Licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad de Guadalajara. Tiene una especialización en Gestión Cultural y Políticas Culturales de parte de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa. En 2013 Fondo Editorial Tierra Adentro publicó su poemario “Loto”. Sus poemas aparecen en las antologías “Poetas del sur de Sinaloa” (2014), “Una fiera lentísima” (Muestra de poesía sinaloense” (2017) y “La liebre es ligera”. Muestra de poesía sinaloense joven 1982-1997 (2018)”.

Es coautor del libro “Las rompientes rumorosas: 30 años de literatura mazatleca” (2018). Sus poemas han sido traducidos al inglés y han aparecido en revistas como “La otra”, “Planisferio”, “Aldea 21” y “Revista Alcantarilla”. Su libro “De este mar” fue publicado en 2023 por Ediciones del Olvido como parte de la colección “Cigarra, poesía mexicana”. Es codirector y coproductor del documental «El Clavadista» (2024).

Edén Martínez
Mazatlán, Sinaloa

Es docente, gestor cultural y productor audiovisual originario de Mazatlán. Maestrante en Dirección de Organizaciones Turísticas por la UAS.
Desde 2017 coordina el Cinematógrafo “Marco Lugo” como docente y productor de cortometrajes. Forma parte del equipo de El Arroyo, intervención artística en el Arroyo de los Jabalines.
Es autor del texto «El canto del gallo» incluido en Guion en corto Vol. II, antología mexicana de guiones. Expositor en el Artwalk en Mazatlán con 3 de sus obras fotográficas.

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